Un buen jefe no debe ignorar a las mujeres

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El dicho que afirma que los empleados dejan a los jefes, no a las empresas es cierto

El otro día me encontré con una amiga que estaba muy deprimida.

Había convencido a una empresa que contratara a su firma para un trabajo importante, y un ejecutivo de la compañía había ido a su oficina para conocer al resto de su equipo y a su jefe ejecutivo.

Cuando comenzó la reunión, ella notó un patrón de comportamiento. Cada vez que ella le decía algo al nuevo cliente, él dirigía su respuesta a su jefe, otro hombre. Aun cuando ella le hizo una pregunta directa, él le respondió a su jefe en vez de a ella.

“Era como si yo hubiera desaparecido”, dijo ella, “a pesar de que yo era la única razón por la que nos encontrábamos en esa reunión.”

Yo había visto este fenómeno tantas veces que hasta le había dado un nombre: “manswer” (el hecho de responderle solamente a un hombre), ya que normalmente sucedía cuando un hombre se dirigía solamente a otro hombre, aun cuando una mujer había hecho el comentario inicial. Entonces, comencé a trabajar con una mujer que hacía exactamente la misma cosa.

Una vez, cometí el error de sentarme entre ella y un hombre moderadamente importante en un almuerzo. Cuando le pregunté a ella cómo iba un proyecto que estaba desarrollando, ella le dirigió una respuesta compleja al entretenido — y totalmente mudo — hombre. Siguió así por tanto tiempo y con tanto entusiasmo que me orilló a tal grado que comencé a preocuparme de que me iba a caer de espaldas al piso (lo cual estoy segura que a ella le hubiera gustado).

Aunque he escuchado más anécdotas de esta práctica que involucran a hombres que a mujeres, creo que en lugar de “manswer”, un mejor nombre para esta práctica es simplemente: malos modales. Un niño de 10 años sabe que, si alguien le hace una pregunta, debe mirar a esa persona a los ojos y contestarle, no parlotearle a alguien más importante que está junto a ella.

Es muy diferente si esto ocurre con amigos en una fiesta a que ocurra en la oficina, especialmente si el transgresor es un gerente. Pero sí ocurre.

De hecho, en mi experiencia es muy común encontrar a personas groseras e inatentas con niveles bajos de inteligencia emocional en importantes cargos administrativos, ya sea porque la empresa consideraba que merecían un ascenso o porque pensaba que tenían la capacidad de animar a sus subalternos a trabajar mejor. Pero éstos son precisamente el tipo de administradores bajo quienes nunca he querido trabajar y estoy segura que no soy la única que piensa de esta manera.

Se ha convertido en un cliché decir que los empleados dejan a sus jefes, no a sus empresas, pero hay algo de verdad en esto. La mitad de los empleados en EEUU han abandonado sus trabajos en algún momento en sus carreras para escaparse de sus jefes, según un informe del equipo de investigación Gallup.

El mismo estudio halló algo familiar, aunque ligeramente desconcertante: las mujeres administradoras son mejores que los hombres en muchas tareas importantes. Aparentemente, las mujeres tienden a dar elogios y a fomentar el desarrollo profesional de sus subalternos. También tienden a comprometerse más con su trabajo.

“La implicación administrativa es bastante clara: las organizaciones estadounidenses deberían poner más énfasis en contratar y promover a más mujeres en el cargo de gerentes”, dice el informe.

La idea de que las mujeres son naturalmente maternales es tan irritante como cualquier otro estereotipo. Prefiero pensar, como sugiere el estudio Gallup, que las gerentes simplemente se esfuerzan más porque suelen estar en la minoría y sienten la necesidad de sobrepasar las expectativas.

De cualquier manera, es evidente que los gerentes corteses, atentos y sensibles son un factor positivo, sin importar si llevan faldas o corbatas.

Pensé en esto el otro día, cuando fui a una reunión con el director de una conocida empresa británica y un grupo de otros periodistas, de los que los más reconocidos eran hombres. El director fue intensamente cortés. Le dio la mano a todo el mundo al llegar, contestó todas las preguntas directamente — a la persona que se la dirigió — y se aseguró de despedirse de cada persona cuando terminó la reunión. Nunca lo había conocido antes y me quedé patéticamente impresionada.

“¿Cuándo lo conociste por primera vez?”, le pregunté a otra mujer que estaba allí, a quien él parecía conocer bien. “Nunca lo había conocido antes en mi vida”, dijo ella, admitiendo que había quedado igualmente impresionada.

No tengo la menor idea de cómo es él como jefe, pero hay algo que sí sé: cualquier jefe que genuinamente sabe operar así siempre va ser preferible a uno que no sabe hacerlo.

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