Lo que añoramos por Doris Rodriguez

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Hoy recuerdo con nostalgia como éramos criados,  con principios morales y valores comunes. Cuando era niña, madres, padres, abuelos,  tíos, maestros, vecinos eran personas dignas de respeto, admiración y consideración, cuanto más edad, más afectos existía hacia ellos. Unas décadas atrás, era mala educación e inimaginable responder mal  a los mayores, a maestros o autoridades, nunca un Tú. Había respeto.

Confiábamos en  los adultos porque todos eran padres, madres o familiares de todos los niños/as del campo, del barrio, de la comunidad, del pueblo o en la gran ciudad. Eran tiempos donde se amaba al  ser humano sin que nos dieran nada, sin favores… no sentíamos miedos de ellos, no temíamos  acercarnos a pedirle un favor o saludarle con respeto y buena costumbre.

El  estar al lado de un adulto nos daba confianza, protección, seguridad. Otrora solo sentíamos miedo  apenas de los sapos, las brujas, ratones, culebras, o la oscuridad de la noche. Sin embargo, hoy tenemos miedo a que se nos acerquen en la calle, a que alguien llegue  hacer una encuesta o vender un producto a nuestras  casas,  tememos del que se detiene a pedir una dirección  . Ahora desconfiamos de todo y de todos.

Hoy tenemos tanto miedo por todo lo que nuestros  hijos y nietos  un día no tendrán para añorar. Porque  tristemente  y aunque nos duela pronunciar, ya no podemos ni tenemos  en quien confiar.

Y no es para menos, porque nos encontramos en una sociedad que está calcomida por la corrupción ,la irresponsabilidad, la hipocresía y la ambición desmedida del ser humano, donde solo le interesa conseguir dinero sin importar a quien tenga que llevarse por delante para obtenerlo.

Ya no hay compasión  por los indefensos, ni consideración hacia el hermano, no existe la solidaridad, abandonamos los ancianos, no cuidamos de los enfermos.  Ahora se ven tantas miserias: tenemos   asesinatos, drogas, asaltos, robos, violaciones y niñas teniendo sexo sin conciencia, convirtiéndose en “Niñas que traen  niños al mundo”.

¡Cómo hemos cambiado! Ahora  tenemos  armas y abortos en las escuelas, no respetamos a los maestros, no sabemos las letras del Himno Nacional; ya no rezamos un padre nuestro, cantamos un regueton donde sus  morbosas letras van dejando la vulgaridad  marcada en  la memoria de nuestros hijos e hijas.

Ahora  vale más parecer que ser, vale más un celular que un diploma, una pantalla plana que una conversación personal, un caro rubor que una flor, una cartera que un abrazo, una propina que una sonrisa.

¡Oh Dios! Como añoro el  retorno  de la verdadera vida, simple como la luna, limpia  como un cielo de abril, leve como la brisa de la mañana y suave como la lluvia.

Hoy siento una tristeza infinita por todo lo que hemos perdido… pero  a pesar de todo   caminemos, avancemos  con la esperanza  de que  un día podamos volver a confiar.

 

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